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Thomas Montenegro, entre el taller y la cancha: la historia detrás de un derecho formativo que lo dejó en el limbo

Jun 1, 2026 | App Movil, Destacados, noticias

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Junio 1, 2026 | 1:08 pm

  • Su nombre apareció en los titulares por una deuda millonaria entre clubes. Pero detrás del expediente hay otra historia: la de un futbolista que no dejó de soñar, que sigue entrenando después del trabajo y que hoy intenta explicar cómo un sistema pensado para formar terminó empujándolo hacia la incertidumbre.

El día de Thomas Montenegro no empieza en una cancha. Empieza trabajando. Hoy se gana la vida en el rubro automotriz, haciendo reparaciones de airbags. Después, cuando termina la jornada, se cambia la ropa, se va al gimnasio, corre, se mueve, toca la pelota, mantiene viva una rutina que parece simple, pero que en su caso tiene otra carga: seguir entrenando como si mañana pudiera aparecer ese llamado que todavía espera.

Porque Thomas no siente que haya dejado el fútbol. Al contrario. Lo dice sin rodeos: sigue buscando club, sigue preguntando, sigue sosteniéndose físicamente, aunque las puertas no se hayan abierto como él quisiera. El problema, según su versión, no es una renuncia personal ni una decisión de colgar los botines. El problema es quedar atrapado en una historia contada por otros.

Su nombre apareció en los medios el 21 de mayo de 2026, cuando se conoció que Real San Joaquín fue condenado por el Tribunal Patrimonial de la ANFP a pagar cerca de 70 millones de pesos a Cobresal por concepto de derecho formativo. La resolución fijó el monto en USD 76.397, equivalentes a $69.750.461, por el paso del jugador por el club metropolitano en 2023.

La noticia se volvió todavía más llamativa por cómo fue contada: que el jugador se había retirado del fútbol “para dedicarse a la construcción”. Y ahí es donde Thomas siente que el caso dejó de ser sólo una disputa administrativa para transformarse en algo más profundo: una versión pública que lo perjudica justo en lo que más quiere recuperar.

“Si yo decido volver a buscar un club, voy a llegar allá y van a decir que no me pueden aceptar porque yo dejé el fútbol para irme a trabajar. Y eso no fue así”, explica.

Lo que le molesta no es el trabajo. Lo dice con claridad. No tiene nada de malo trabajar en construcción, barrer una calle o hacer cualquier oficio digno. Lo que le pesa es otra cosa: que se instale la idea de que abandonó el fútbol por decisión propia, cuando él todavía se siente jugador. Ahí, en ese punto, la historia cambia.

El ascenso, las promesas y el corte

Thomas recuerda su paso por Real San Joaquín no como un cierre, sino como una etapa en la que creyó que su carrera podía afirmarse. Estuvo dos años en el club. Ascendió con el equipo. Escuchó promesas. Y después llegaron los problemas.

“Después que ascendimos empezaron todos los problemas cuando subimos a Segunda. Problemas de comunicación, los derechos de formación, que Colo-Colo demandó a Real San Joaquín y después apareció Cobresal demandando igual por mis derechos”, cuenta.

Según el fallo difundido por Primera B Chile, el caso actual con Cobresal no fue el primero. El mismo medio informó que en 2025 Real San Joaquín ya había debido pagar USD 36 mil a Colo-Colo por los años de formación del mismo jugador.

Para Thomas, el efecto de ese sistema es concreto y personal. No está en los balances, ni en las sentencias, ni en los comunicados. Está en lo que pasa cuando un club potencial mira su nombre y se encuentra con un historial costoso, lleno de porcentajes, reclamaciones y derechos colgando.

“Eso igual me perjudica a mí, porque al final nosotros somos los perjudicados. Nos cuesta después buscar club, o nuestro pase se vuelve muy caro, se sube mucho el valor, entonces cuando uno quiere buscar equipo lo revisan y te cortan un poco la carrera”, dice.

Mientras la deuda no sea saldada, además, la sentencia obliga a Real San Joaquín a mantener en su plantel a dos jugadores pertenecientes o cedidos por Cobresal, asumiendo el pago de sus remuneraciones por un monto equivalente al sueldo mínimo legal vigente para cada uno.

Lo que no se ve

Lo más fácil sería quedarse con la cifra. Con lo insólito del caso. Con el titular que mejor golpea. Pero Thomas insiste en llevar la conversación a otro lugar: al de los futbolistas que quedan entre medio.

A los que pasan de competir a alto rendimiento a levantarse al día siguiente para trabajar en otra cosa. A los que siguen entrenando después de la pega. A los que no saben si todavía están dentro o ya quedaron afuera del sistema. A los que no tienen claro cuáles son sus derechos ni cómo operan estas reglas.

“Es un proceso muy difícil, drástico, complicado. Pasar del alto rendimiento al trabajo, a la rutina diaria, es difícil para uno que siempre ha estado compitiendo”, reconoce.

Y aun así, no se resigna. No habla como alguien derrotado, sino como alguien golpeado que todavía está esperando una ventana: “Nunca tomé como opción dejar el fútbol. Siempre he tenido la ilusión. Sigo entrenando, sigo manteniéndome y sigo dándole, para que en algún momento se abra esa puerta”.

Una discusión que excede su caso

Desde el Sifup, el caso de Thomas no se mira como una excepción, sino como una expresión visible de un problema más amplio. La postura del sindicato es clara: durante años, los derechos de formación han terminado operando como una barrera para la movilidad laboral de cientos de futbolistas y futbolistas, especialmente en el ascenso y el fútbol amateur. Según el gremio, lo que nació como un mecanismo para incentivar la formación muchas veces termina impidiendo firmar contratos, cambiar de club o simplemente seguir una carrera.

Por eso el sindicato ha levantado esta discusión en espacios legislativos, regulatorios y deportivos, promoviendo cambios que equilibren el reconocimiento a la formación con el derecho al trabajo y la libertad de contratación. En esa línea, el Sifup asegura haber impulsado propuestas de reforma, acompañado jurídicamente a jugadores afectados, visibilizado casos y trabajado con organizaciones nacionales e internacionales para promover estándares que favorezcan la movilidad laboral.
Thomas llegó al sindicato buscando justamente eso: una posibilidad de explicar su versión.

No para borrar lo que pasó, sino para que su nombre no quede reducido a una deuda que él no contrajo y a una historia que no eligió. “Gracias al Sifup me dan ese acceso para poder expresarme, poder decir todo lo que siento, lo que realmente pasa conmigo”, concluye.

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